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miércoles, 16 de abril de 2014

Palabras sencillas, palabras profundas



Escribir sencillo con palabras profundas es la victoria del corazón sobre la mente. Usar la herramienta mental para expresar la sinceridad del corazón puede alegrar nuestra existencia.
No es fácil pero nadie demostró tampoco que sea difícil.
La ciencia moderna nos dice que la mayoría de los órganos tienen su propio sistema neuronal, ¿es sólo para que el sistema nervioso autónomo pueda gestionar su funcionamiento o como dicen los taoístas desde hace milenios es porque nuestras vísceras coparticipan en la germinación y en nuestra forma de vivir nuestras emociones?
Creemos que las emociones sólo surgen de la mente, de una parte irracional de nuestra mente; es posible que sea así, pero ¿y si también el cuerpo, a través del sistema neuronal de los órganos, es capaz de generar emociones? Es un cambio de perspectiva relevante.
En ese caso sería posible hablar desde el corazón, escribir desde el corazón, actuar con pasión y vivir la vida apasionadamente, como nos muestra el lenguaje cotidiano; eso sí con permiso de los otros órganos, que también tienen la posibilidad de expresarse y actuar, y de nuestra mente.
Si la herramienta que necesitamos para relacionarnos, la mente, es incapaz de alcanzar cierto sosiego, de escapar por un momento de la dispersión, nos resultará complicado que encontremos en la oscuridad de la noche nuestro sol nocturno que ilumine nuestra existencia.
La mente fuente, por lo visto, de todos nuestros males esconde en su interior un tesoro celosamente guardado; nuestro sol interior puede iluminar esa luna de sabiduría haciendo florecer nuestra conciencia pura (Hishiryo) a través de la cual la niebla de nuestras creencias y convenciones se desvanece.
Esa conciencia se expresa a través de personas simples con corazón profundo. Un corazón entrenado para amar y una mente enseñada a contemplar, para que así sea posible el florecimiento de la flor de oro en nuestro interior.
Como se dice en el budismo: “Cuando una flor se abre el mundo se levanta.”















Sueño de amor



“Ayer vi unas llamas arder sin un fuego que las provocara.
Ayer sentí el aroma de tu piel sin que tu cuerpo se me acercara.
Ayer besé tus labios de papel sintiendo el aire entre nosotros correr.
Ayer, si, ayer te amé y no necesité de ti.
Pero ayer no era yo, ni siquiera hoy lo soy, sin embargo tú si eres real,
Pues existes en mi mente y no te necesito ni ver.
¿Para qué te quiero sentir si te puedo soñar?







martes, 1 de abril de 2014

Nuestro miedo



Estoy haciendo kinhin en el Dojo zen de Chiclana, de eso hace ya casi 10 años, de pronto siento una imagen en mi pecho, me sobresalto; es tan real, unas llamas negras arden en mi interior, son tremendamente oscuras, sobrecogedoras. Lo peor, lo que más me abruma, es sentir que se alimentan a sí mismas, no necesitan nada que las origine, tienen existencia propia.
Representan mis miedos y tienen vida propia sin necesidad de que nada del exterior las provoque. Cesa la visión perturbadora. 


Un tiempo después, estoy en el dormitorio, el único lugar de aquella casa donde podía meditar, de nuevo haciendo kinhin; me veo a mi mismo como un niño asustado, hecho un ovillo en un rincón, me reconozco, ese soy yo, así vivo, así me siento; en ese momento.
Años después pienso en mis miedos, vivo con ellos, hablo con ellos, intento entenderlos, cuando quizás sólo necesito aceptarlos.


Dicen que el amor mueve montañas, pues el miedo las demuele hasta su base.
Nuestra vida que podría ser plena y llena de satisfacciones, por mor del miedo, aprendido, transmitido, adoptado, se torna en sufrimiento.
El impulso innato en busca de la felicidad se transforma en las cadenas del sufrimiento existencial. Es el miedo, nuestro miedo la causa de ello.
Vivir sin miedos es imposible, transcender nuestros miedos, que son una estrategia de supervivencia, es irreversible en la búsqueda de nuestra felicidad.
Tras nuestros miedos, cercenadores de la posibilidad de amar, de sentir amor, yace un enemigo potente, desconocido para la mayoría, la angustia; el verdadero reverso tenebroso del amor, surgido de la separación del todo y de la luz. Mirar nuestra angustia existencial a la cara, sin miedo, es lo más valeroso que podemos hacer en nuestra vida. Esa es la única forma de liberarnos de su tiranía que nos impide experimentar el amor verdadero (no pasional) y liberador.
La única forma de llegar a esto, que conozco, es la contemplación; el aprender a dejar pasar nuestros pensamientos, a observarnos, a observar nuestros comportamientos y nuestras motivaciones ocultas.
Muchas veces el dolor de nuestra alma, la podredumbre de nuestra mente, es tan profunda que necesitamos la ayuda de terapias, técnicas de sanación, meditaciones y ejercicios de luz para poder tener la posibilidad de contemplar, de observarnos a nosotros mismos. Nuestro empeño, junto a la ayuda de otras personas, que sean auténticos sanadores, puede proporcionarnos la oportunidad de olvidarnos de nosotros mismos; única puerta hacía el amor. Sólo nosotros tenemos la decisión de cambiar nuestro rumbo y de que nuestra brújula vital se oriente hacia la luz que mora en nuestro interior en lugar de hacia la oscuridad que se haya junto a ella. Nadie puede hacerlo por nosotros y si no somos sinceros con nosotros mismos ninguna ayuda podrá llenar el abismo de nuestro vacío.
Hoy, una década después, en mi interior brota una llama clara y luminosa, lejos quedaron esas llamas oscuras; no significa que se apagaran, sólo que la luz que florece en mi interior eclipsa su oscuridad. Mis miedos son mis compañeros, aprendo a aceptarlos, a no luchar contra ellos para no magnificarlos y empiezo a dejarme fluir con la vida, a sentirme y a permitirme expresarme como quizás puede que sea. En definitiva dejo florecer mi esencia. Atrás quedaron años de trabajo personal, terapias y cambios personales profundos, pero sobre todo muchos tropezones, muchas caídas y mucho volverse a poner en pie. Mi luz brilla junto a mi oscuridad, algún día podré transcenderlas a ambas.