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jueves, 18 de febrero de 2016

Sufrir por amor

El tiempo pasa más despacio a tu alrededor, o quizás eres tú el que tardas más en procesar la realidad, te cuesta escribir, las manos torpes y pesadas, en unos brazos lentos y pesados, bajo unos hombros cargados y doloridos, deseas descansar, cerrar los ojos, arrebujarte y volver a sentirte en el seno materno, pero no puedes, ojala pudieras, pero el recuerdo de un mal útero, sin descanso, te impide descansar.
Te levantas sin ganas de llorar y todo resulta extraño, tienes la música puesta, acompaña, te cuesta trabajo pensar, te preguntas si se puede perder la cordura, estando loco, imaginas que sí, siempre se puede estar un poco más loco.
Ya no deseas morir, a la noche ya no deseas que no amanezca, perdiste las referencias, ahora no sabes que hacer, antes por lo menos podías regodearte en tu sufrimiento, ahora ni eso, lo perdiste, lo dejaste atrás como tantas cosas, solo puedes avanzar, pero hacia dónde.
Te preguntas si se puede sufrir por amor, como es posible, amar no era un goce, quizás, no lo sabes, no sabes nada como Jon Snow, no sabes nada de la vida ni del amor, por lo menos tú te das cuentas, las demás engreídas y vanidosas saben lo que es el amor y la entrega, dichosas en sus paraísos imaginarios que no resisten una mínima brisa.
Realmente debes de estar loco, es más seguramente te gusta estarlo, si no por qué ibas a escribir una novela, que llamas de anticipación social, sólo para exorcizar tus contradicciones, ya te lo dijo Cris una noche medio dormida que no sabía lo que hablaba, ”tú vas a escribir una novela y vas a poner todos tus conflictos”; vano intento, tus contradicciones eres tú.
Cuantos infiernos se pueden transitar a lo largo de la vida, creo que muchos, siempre estamos dispuestas a bajar al siguiente y cuantos cielos, algunos también, están hay esperando, pero por qué piensas que se puede vivir en el cielo.
Seguramente el engreído y el vanidoso seas tú, que no sabes amar, ni querer, ni comprender, ni ponerte el lugar de la otra… ahora mismo no puedes entender nada, miras la ventana y ves las nubes grises, pero no llueva, invierno cálido de nubes secas, como seco te sientes tú, exprimido como una naranja hasta el tuétano, ya no te queda nada que dar, nada que compartir, ni siquiera amor si es que alguna vez lo tuviste.
Evocas recuerdos de una vida que ya no es tuya, esos buenos momentos ya no existen, intentas imaginar un futuro que se muestra vacío, sin ilusiones, no hay nada adelante ni atrás, sólo el impulso de seguir viviendo. No puedes hacer planes porque sabes que no los realizarás, ni prometer nada porque no lo cumplirás. Sabías que mentía desde el primer día, que se hacía unas ilusiones que tú no alimentabas con tus palabras, aunque sí con hechos, pero te gusta engañarte como a todas, también necesitas calor y afecto, hasta que ya no puedes pagar más el precio, entonces sólo te queda el pozo, tu pozo oscuro y lóbrego, el fango del desamor.
Ya ni ganas de sexo te quedan, no deseas sentir otro cuerpo estremecerse entre tus brazos, pero también te engañas, siempre te engañas. Eres un sol, recuerda, te lo dicen, las atraes tanto, que las achicharras con tu calor, para después alejarlas de ti…

Es tu canción, ya lo sabes, con toda seguridad eres un alma del averno…puedo enseñarte el cielo… y el infierno, ¿te atreves?











miércoles, 17 de febrero de 2016

La esclava y el príncipe azul, a su vez esclavo

Era la esclava de su familia, de sus amistades, de todas aquellas personas que se le acercaban, en fin que os voy a decir una maravillosa persona.
Su vocación era servir, eso le habían enseñado y a ello se aferraba buscando un cielo de amor que más se parecía a un infierno, incluso tuvo una pareja que la usaba a su antojo, pero para eso era una esclava. Hasta que conoció a un príncipe azul, temerosa se acercó a él y el, galante y gentil, la arropó en sus brazos. Se sintió amada, apreciada y deseada y ella lo besó, una y otra vez, lo besó con ahínco, deseando que sus besos la transformaran a ella en una princesa azul, pero mientras más besaba más se transformaba el príncipe azul en un sapo.
Redescubrió de nuevo la pasión, pero esta vez de la entrega por amor no para ser usada. Abrió su cuerpo y su mente, descubriendo placeres que tenía vedados, y sintió que la apoyaban y la ayudaban en su penitencia.
Al tiempo, sin comprender por qué, su príncipe era cada vez más sapo, para remediarlo ella decidió ser su esclava, como con todas los demás, pero él seguía volviéndose sapo y sentía como se alejaba. Extenuada intentaba atender todas sus obligaciones, se empeñaba en ser una buena esclava, pues todos la necesitaban. Más todo fue en vano, corría hacía un precipicio sin fondo y de la mano su príncipe, saltando cual sapo, pues el sólo la quería ver feliz, liberada de sus ataduras, era más importante su liberación que la propia, él también era un esclavo, de la necesidad de ayudar.
Se sintió exprimido como una naranja comprendiendo que ya no podía más, pero aún si se esforzó un poco más, sólo un poco más. Esfuerzo inútil, ambos necesitaban ser libres, y no lo serían cogidos de la mano, el precipicio ya está bajo sus pies.
No sabemos si serán capaces de alzar el vuelo, cada una liberadas de su propia esclavitud, o sí se precipitarán al abismo para siempre. En la vida hay trenes que no vuelven a pasar nunca más.
Por si acaso, ya han escrito el epitafio de la esclava:
“Eres una persona tan maravillosa, tan buena, no cambies sigue siendo como eres, todas te queremos tanto.”

Con ella el falso príncipe ha descubierto el verdadero amor, el que no se puede expresar con palabras, sólo sentir, pero también lo más importante en la vida, el amor propio. Siempre estarás en mi corazón porque sólo puedo darte amor, aunque no sea suficiente no creo que haya nada más importante en la vida.









domingo, 14 de febrero de 2016

La manifiesta habilidad

Todas tenemos una manifiesta habilidad para complicarnos la vida y estropear las cosas buenas que nos suceden. Una y otra vez nos preguntamos por que nos sucede eso, sin entender que es algo natural en nuestro mundo, si en nuestro mundo, donde reina la mentira y el egoísmo, en absoluto el amor, y donde la felicidad y libertad ajena son denostadas e incluso perseguidas.
Un mundo donde reina la oscuridad, la mentira y el dolor como vamos a permitir que duren mucho los breves destellos de luz y amor, como vamos a permitir nuestra felicidad, como vamos a ser sinceros con nosotras mismas, si nos rodea, la mentira, el sufrimiento y la amargura en lugar del amor.

Como muy bien dice la canción de Calle 13: "dentro de la lógica de nuestra humanidad, nos creemos la mentira y nadie aguanta la verdad."

He descubierto que de nada sirve la sinceridad en las relaciones personales, todas estamos tan acostumbradas a vivir en la mentira propia o ajena, que cuando dices la verdad o directamente no te creen o ignoran lo que dices por ir en contra de sus expectativas y falsas ilusiones.
Solo tiene un sentido ser sincero, estar en paz con una misma.











La patológica necesidad de ayudar

Da mucho y pide poco, nos bombardean continuamente con ese eslogan incrustado en nuestro inconsciente mientras esperamos el premio en forma de cielo en la tierra, sin darnos cuenta que el premio ya lo reciben los que se benefician de esa creencia irracional y la fomentan desde las más altas instancias del poder.
Evidentemente las relaciones personales no son una transacción comercial donde debamos valorar que recibimos con lo que damos, pero si es importante indagar en nuestra patológica necesidad de ayudar, o de dar más de lo que recibimos hasta que nos quedamos exhaustas. En el mundillo de la espiritualidad, adoptando la neurótica interpretación eclesiástica, nos desvivimos por ayudar al prójimo, aunque sólo sea de boquilla en muchas veces. Sin caer en la cuenta que la única ayuda real y efectiva es la que nos otorgamos a nosotras mismas, digo ayudarnos no consentirnos.
La enfermiza búsqueda del cielo en la tierra a través de la entrega al prójimo solo revela nuestra profunda carencia afectiva, falta de autoestima y amor propio; tremendo egoísmo nuestro y de los que nos rodean que nos ven devastarnos en su beneficio siendo incapaces de pensar en nuestra felicidad. Siempre lo hemos hecho, lo hacemos porque nosotras queremos y la mayoría de las veces ni siquiera nos lo han pedido, aunque se beneficien en muchos casos de la mala educación que hemos recibido, asignándonos un rol familiar y social propicio a ser la sostenedora de los demás. Ellas presas de su egoísmo nos exprimen, nosotras fruto de nuestro egoísmo nos devastamos en ayudar.

Y el cielo cada vez más lejano, como todas las ilusiones que albergamos en nuestra neurótica mente.







miércoles, 10 de febrero de 2016

El monstruo

Caminaba con la espalda encorvada y la cabeza gacha, la cara llena de granos por la reciente pubertad, ascendía la cuesta, como cada mañana, camino al colegio, su calvario cotidiano. Al entrar en el patio intentaba no mirar a nadie, por si conseguía pasar desapercibido, un rato de tortura en la fila y después el seguro de la clase hasta el recreo, sucesión de vueltas en la deseada invisibilidad. Salir de clase, atento a todo, intentando no verse sorprendido por los adolescentes predelincuentes del barrio donde estaba el colegio.
Era el monstruo, alguien tuvo la idea de llamarlo así, por su aspecto creo, pero era el último en la escala social del colegio. Con 10 años me cambiaron de cole, por motivos administrativos sobrados, la academia sin recreo, sin lugar para actividades físicas, donde pasábamos sentados desde que entrabamos hasta que salíamos, perdió el permiso de educación.
Llegue con 10 años a un colegio de un barrio problemático, sin conocer a nadie, una mañana oscura en que todavía no había llegado el día, y oscuros fueron el resto de mis días. Hasta los cinco años estuve siempre en casa, después en una academia donde no nos socializábamos ni nos relacionamos, con 10 años no sabía relacionarme con otros niños, a las niñas, ni las había olido. Un déficit de socialización que todavía arrastro.
Era el último, el deshecho, donde todos podían desahogar su frustración, por suerte era grande y no se atrevían a pegarme, sólo los gallitos me retaban intentando medirse, mi actitud esquiva y mi fuerza me evitaron agresiones físicas pero las morales y emocionales fueron terribles. Desde los 10 a los 13, cada noche deseaba con todas mis fuerzas que no amaneciera al día siguiente y a veces también que mi madre se muriera para que dejará de sufrir. Mis ruegos no fueron escuchados, por suerte, durante años cada vez que me hundía deseaba morir, recuerdo de mi infancia, fantaseé en infinidad de ocasiones en diferentes formas de suicidio, la más atrayente despojarme de la ropa en introducirme en el mar hasta que este me engullera, reconfortante frío deseado.
De esos años no se me olvida la tarde que, bebiendo del grifo del lavabo, el gaviota me escupió en la cabeza, corrí tras él lleno de ira por el inmenso patio mientras movía con desgarbada agilidad sus largas piernas y sus largos brazos, de ahí su mote, pero sólo encontré más frustración, cuando ya cansado persiguiéndolo por las anchas escaleras del patio se volvió dándome una cachetada que me dejó parado, comprendí que nada podía hacer, salvo resistir.

Ya hace tiempo que cuando tengo un bajón no deseo morirme, no hace mucho, pero si ha cambiado la tendencia. Ahora me siento como una flor que se abre sin importarle quien perciba su aroma. Por primera vez en mi vida hay personas a mi alrededor que me muestran su agradecimiento por mi ayuda, que me dicen que valgo mucho, que me consideran importantes en su vida y me lo hacen sentir. Quizás sea verdad lo que dice el budismo de que cuando una flor se abre el mundo se levanta, pues si queréis podéis levantaros conmigo, porque a mí también me gustaría ver como se abren las flores a mi alrededor.