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Copyright Francisco José Del Río Sánchez 2008

domingo, 18 de mayo de 2014

El caballo blanco



Un cazador errante andaba vagabundeando por un bosque cuando escucho un ruido, como de un animal grande; aguzó el oído y distinguió el resoplar característico de los equinos. Se dijo que alguien andaría de paso por el bosque y decidió observar quien era, al poco distinguió un caballo blanco comiéndose las hojas de un arbusto, al acercarse el caballo lo miró pero no le prestó mayor atención continuando su ramoneo de las hojas del arbusto.
El cazador buscó huellas de su dueño pero el hecho de llevará una cuerda rota amarrada al cuello y de que no se viera ningún rastro humano le hizo pensar que quizás el caballo se hubiera escapado. No sería mala cosa agenciárselo y usarlo como transporte o venderlo en algún pueblo, eso claro si no aparecía su dueño.
En eso el caballo perdió interés en lo que hacía y se alejó del lugar, el cazador acostumbrado a acechar decidió seguirlo sin acercarse, tras varias horas vio como el caballo intentaba escarbar con sus pezuñas en una zona del suelo que estaba húmeda. Así que tenía sed, una oportunidad de ganarse su confianza. El cazador se alejó del lugar en busca de un manantial, conocedor de la naturaleza no tardó en hallar un lugar donde al escarbar surgió un líquido marrón, lleno uno de sus cubos y se dirigió a buscar al equino. En plena canícula de la estación seca era difícil encontrar agua en aquella parte del bosque.
Poco a poco con el señuelo del agua consiguió atraer al caballo y que este se confiara, lo condujo a un lugar donde manaba un hilillo de agua que conocía de otros viajes y construyó un rudimentario cercado alrededor de la fuente. Al poco tenía al caballo encerrado en su interior.
Durante carios días alimento al caballo con las hierbas más verdes que recolectaba en los rincones más umbríos del bosque y este dejaba que lo tocará pero cuando intentaba tirar de la cuerda, el caballo se ponía sobre sus cuartos traseros e intentaba cocearle con las patas delanteras. No sería fácil domar aquella bestia.
Tras un par de semanas de trabajos e intentos y escaseando ya la caza en esa zona del bosque, el cazador pensó o que se comía al caballo o lo dejaba suelto. Y matar un caballo para no poder aprovechar su carne era un desperdicio inútil, así que decidió desmantelar el cercado, el caballo trotó rápido para huir del mismo.
El cazado prosiguió caminando por el bosque y varias horas después volvió a escuchar un ruido de cascos a sus espaldas, siguió como si nada pero cuando encontró un sitio para pernoctar allí estaba el caballo junto a él. Sin prestarle mucha atención se quedó dormido, con hambre. A la mañana siguiente una lengua recorría su boca, abrió los ojos y la nariz del caballo estaba junto a la suya, se levantó maldiciendo y escupiendo; el caballo lamió del suelo su saliva.
─ ¿Tanta sed tienes? Pues yo no voy a darte de mí agua.
El caballo parecía asentir con la cabeza. Llegaron a un arroyo y ambos pudieron cumplir sus anhelos, el caballo beber agua y el cazador lavarse la boca y la cara para quitarse el olor a caballo. Estuvo toda la tarde intentando cazar algo pero la presencia del caballo le impedía descubrir ninguna presa, lo dejo por imposible y colocó varios lazos; de nuevo esa noche volvieron a dormir juntos.
A la mañana siguiente, tras retirar las presas de los lazos, decidió recoger unos frutos silvestres para el caballo y dárselo con su mano. El caballo los comió y de forma dócil dejó que el cazador lo acariciara, pero cuando este intentó asir con fuerza la cuerda el caballo volvió a encabritarse tirándolo al suelo. Maldiciéndolo comenzó a tirarle piedras al caballo hasta que una le impactó en el hocico con la suficiente violencia para hacer mana un poco de sangre. El caballo galopó relinchando hasta alejarse del lugar.
El cazador siguió su camino, en los siguientes días comprobó, que si bien el caballo se había alejado no dejaba de seguirlo. Era listo el animal, sabe que lo llevo al agua, se dijo.
Cada vez se estaba adentrando más en el interior de las montañas lejos de zonas habitadas, la caza aumentaba pero al caballo cada vez le costaba más trabajo seguirlo, pero ese no era su problema. Una noche escucho aullar lobos entre sueños.
Al día siguiente encontró sus huellas, era un grupo numeroso, tendría que mantener el fuego encendido por las noches.
Esa noche unos relinchos le despertaron de madrugada, por suerte la media luna iluminaba ligeramente el bosque, pronto escuchó mejor una mezcla de coces y relinchos nerviosos junto a gruñidos, no estaban lejos, seguro que eran los lobos comiéndose el caballo. No iba a renunciar a su parte. Tomó su rifle y corrió en dirección a los gritos del animal. Cuando llegó, vio todavía al caballo de pie, rodeado de varios lobos que no paraban de infringirle heridas en la barriga y en los cuartos traseros. Disparó su fusil y los lobos abandonaran el lugar con rapidez, al acercarse al caballo y revisar sus heridas vio que no eran mortales pero si no se curaban terminarían infestándose. Tuvo compasión de él y cogiéndolo por la cuerda lo llevó a su campamento, el caballo a duras penas lo siguió sin oponer resistencia. Allí se tumbó en el suelo.
Tras varios días lavando y desinfectando las heridas del caballo, este pareció mejorar; el cazador partió con él tirando de la cuerda del mismo y ya este no volvió a resistirse, otra cosa fue cuando intento que cargara con peso, pero esa es otra historia.
La verdad es que el final resulta un poco ñoño, tipo Disney o cuento de príncipe azul y no puede ser más irreal. ¿Os cuento de verdad cómo termina?
Cuando el caballo estuvo recuperado no hubo manera para el cazador de poder llevarlo cogido de la cuerda, este se dijo a si mismo que total si él no tenía caballo porque no quería, le era más asequible moverse a su aire por las montañas sin tener que preocuparse de una bestia así, de ese tamaño; por no tener no tenía ni perro. Así que cortó la cuerda que estaba anudada al cuello del caballo y siguió su camino sin preocuparse de si este le seguía o no, como comprenderéis el pobre animal era independiente pero no tonto y cayó en la cuenta que le convenía asegurarse de una buena compañía que le protegiese. Así que ahí lo vemos detrás del cazador como si fuera su sombra, y por las mañanas ya sabéis lo que le gusta hacer con su lengua…














jueves, 15 de mayo de 2014

El anciano milenario



El anciano monje llegó al claro del bosque y miró a su alrededor, mientras a sus espaldas quedaba una densa floresta, el claro se extendía completamente despejado de la más mínima arboleda. Lo normal sería que hubiese retoños de alguna de las especies del bosque pero sólo la hierba cubría el claro.
El anciano adoptó la postura del loto en el centro del prado y contempló todo el universo a su alrededor, para su sorpresa un enorme árbol ocupaba el lugar donde se encontraba sentado, no acertó a distinguir si él era ese árbol pero en ese momento comprendió y cada vez su respiración y los latidos del corazón fueron cesando y disminuyendo en intensidad hasta cesar por completo. Su espíritu se fundió con el todo mientras su cuerpo se mantenía en la postura de meditación. Su mente conservaba la imagen de un árbol milenario.
Pasaron los días y el cuerpo del anciano endurecido en la postura de loto era recorrido por insectos y otros animalillos del bosque, incluso algún travieso pajarillo uso su cabeza como oteadero para sus cantos territoriales, pronto su calva estuvo cubierta de blanco de las heces del pajarillo. Era curioso que los insectos y los animales no se alimentaban del cadáver del anciano, tan sólo un cuervo negro se posó sobre los pliegues del hábito del monje a la altura de su pecho y procedió a devorar sus ojos, a su vez defecó sobre las manos unidas en el regazo del monje una semilla tóxica que todavía conservaba parte de su cubierta roja. Era una semilla de tejo.

Varias semanas después un cazador halló al anciano en la postura de meditación, su piel empezaba a pegarse a sus huesos y sus ropas dejaban entrever que llevaba tiempo a la intemperie. El cazador observo como le miraban las cuencas vacías de los ojos del monje y se sobresaltó al caer en la cuenta de que era lo único que las alimañas del bosque habían devorado, lo normal es que quedaran sólo las ropas y los huesos. Retrocedió en un primer momento asustado, para después arrodillarse y encontrar una respuesta satisfactoria, estaba ante un Buda.
Varios días más tarde volvió con varios lugareños que no daban crédito a su historia y uno de ellos reconoció al anciano monje que vivía como ermitaño en lo más profundo del bosque. Todos coincidieron en lo insólito de su estado y en apoyar la teoría de que sólo un buda viviente podía haberse conservado en ese estado y ya el anciano monje tenía fama de haber alcanzado ese estado. Uno dijo que deberían de bajarlo a la aldea, pero los demás le reprocharon la idea, si el anciano monje había tomado la decisión de abandonar este mundo en ese lugar, importantes serían sus razones para hacerlo y ellos mezquinos mortales no eran quienes para contradecir los deseos de un santo.
Pronto las gentes de la aldea empezaron a subir a visitar la momia para mostrarle su respeto y veneración, acumuló flores secas, velas consumidas e inciensos quemados frente a ella. Las tormentas del siguiente invierno limpiaron todo lo acumulado además de la calva del monje y le dieron una oportunidad de experimentar de nuevo su tan anhelada soledad. Al llegar la primavera pocos se percataron de una plantita que crecía vigorosa entre las manos unidas en óvalo de la momia, la verdad otras habían germinado en diferentes recovecos de los restos del hábito de la misma, pero estas últimas eran hierbecillas como las circundantes. Cuando llegó el verano ya se insinuaba un arbolillo creciendo frente al pecho del monje.
Tras unos años el arbolillo, que extendía sus raíces entre las piernas del monje, se había abrazado a su cabeza y comenzaba a ocultar las facciones de la momia. Algunos, los más irreverentes, propusieron cortarlo, pero la mayoría de aldeanos convino en que la voluntad del Buda era esa pues el árbol que había brotado en su regazo era un tejo y de todos es sabido que es una especie de muy difícil propagación dado el carácter tóxico de sus semillas.
Los primeros cazadores habían ascendido hacía buda cuando el tronco del árbol se elevaba ya un par de metros sobre el suelo y ocultaba la cabeza del monje entre su corteza. El árbol de la momia era conocido en toda la región e incluso se había instaurado la costumbre de al llegar la primavera acudir en masa a depositar ofrendas ante él.
El prefecto de la provincia decidió que sería una buena idea construir una ermita que protegiera la momia del venerado Buda, pero para ello sería necesario cortar el árbol y separar con mucho cuidado las raíces y ramas del cuerpo momificado. Preguntó al superior de un monasterio cercano que hacer a lo que este le respondió que si estaba dispuesto a deshacer lo que la naturaleza había conformado con tanto esmero.
Reunió a los aldeanos y les informó de sus intenciones, pues no había desistido de ellas, diciéndoles que le gustaría saber su opinión sobre el asunto pues la construcción de una ermita redundaría en beneficio de la aldea pues facilitaría la devoción hacia el árbol de la momia. En eso un niño le dijo al prefecto que si quitaban el árbol ya no lo podrían llamar así, además de que le árbol ya empezaba a dar cobijo a los que acudían a venerarlo.
Pasaron los años y ya tan sólo las piernas y los hombros de la momia podían observarse fuera del tronco del tejo, este había crecido más rápidamente de lo normal en ese tipo de árboles y un día alguien se fijó en unas arrugas que se habían formado en la corteza del tejo, justo encima de donde sobresalían los hombros de la momia. Tras muchas discusiones se impuso el criterio de que parecía un rostro, la noticia corrió como la pólvora y acudieron de todos los rincones del país para observar el milagro del árbol de la momia. Todos se mostraban convencidos de que era un rostro y muchos comenzaron a pernoctar junto a él en estado meditativo. Cuando de nuevo el prefecto planteó la necesidad de construir una ermita aunque fuera a un lado del árbol, los meditantes se opusieron abiertamente a que se mancillara ese templo de la naturaleza de buda.
El tiempo continuó su inexorable ritmo y el árbol cada vez era más majestuoso, la devoción al mismo continuaba y un espabilado abad consiguió el dinero y el permiso para construir un monasterio junto al mismo. En su entrada, abierta a todos, se encontraba el tejo extendiendo sus ramas hasta ocupar el antiguo claro, aunque uno de sus lados ya no era de floresta si no de las piedras del monasterio.
Transcurrieron siglos, guerras, épocas de bonanza y las ruinas de un bello monasterio acompañaban a un enorme tejo que parecía dibujar un rostro en su corteza justo a un metro de sus raíces, ya nada quedaba de la momia y sólo se conservaba su nombre. En primavera el tejo se llenaba de hermosos frutos negros recubiertos parcialmente de rojo que eran la delicia de algunas aves que podían digerirlos parcialmente sin envenenarse con su toxina, los descendientes de aquel cuervo que un día cagó su semilla sobre las manos del anciano monje, incluso habían anidado en el mismo, pues el olvido había convertido de nuevo aquel claro en un lugar solitario.
Tan sólo se conservaba de aquel día, el pensamiento del monje visualizando un enorme y frondoso árbol milenario.













domingo, 11 de mayo de 2014

Un poco de Respeto, por favor



Mientras más estas a disposición de los demás, menos valoran tu tiempo...
Mientras con mayor facilidad proporcionas tu ayuda, menos valoran la misma...
Mientras más ampliamente compartes tus conocimientos, menos relevantes los consideran...
Mientras más te vuelcas con tu familia, menos te lo agradecen pues lo consideran tu obligación...
Si siempre tienes un hombro q ofrecer, una mano q dar y un abrazo para entregar nadie te respetara ni tendrá nada q darte, tan solo encontraras pedidos y reclamaciones a tu alrededor. Pues tu obligación es dar y ese es tu premio.
Mientras menos hacen por cambiar sus vidas más te buscan para q les permitas seguir subsistiendo. Y tú en tu soberbia y vanidad creyendo q puedes ayudar a alguien, q tienes algo q compartir, q puedes enseñar...
Les faltas al respeto a los demás y por eso nadie te respeta...
Si siempre tienes la mano abierta tú mismo estas invitando a q te escupan en ella...












viernes, 9 de mayo de 2014

El error de aceptar



Nos dicen que el camino es la aceptación incondicional de nosotros mismos y de los demás, puerta al amor propio y ajeno; pero en un mundo de opuestos si nos aceptamos, a la vez nos rechazamos, cada vez que intentamos aceptar algo en nuestra vida automáticamente también lo negamos y ese esfuerzo titánico por aceptar nos sume en una lucha constante con nosotros mismos y nuestra realidad. De la misma manera cada vez que rechazamos, renegamos de una parte de nosotros, de una emoción, de un acontecimiento de nuestra vida, lo estamos atrayendo hacia nosotros, dándole fuerza en nuestra existencia.
El Shin Jin Mei texto budista chan (Zen) chino nos dice en su primera estrofa: “La vía no es fácil ni difícil se trata de no escoger ni rechazar”. Podría estar diciéndonos lo anterior. Está es su traducción moderna del chino antiguo, ¿quién nos dice que la persona que lo tradujo sabía de qué estaba hablando y no buscó una metáfora aproximada? En Chino se escribe en ideogramas no en palabras, al igual que nuestras palabras evolucionan con los siglos también lo hacen los ideogramas, cualquiera puede entender que su significado cambie tras mil años. Es evidente que hay una tradición, la del zen, que se ha mantenido ininterrumpida durante siglos hasta hoy en día, transmitiendo su esencia, ¿pero hasta qué punto? ¿No podríamos estar ante un caso de bebedores de sopa de pato?
Voy a centrarme, cada 28 días la oscuridad triunfa en nuestro cielo (Luna nueva), a su vez cada 28 días la luz triunfa (Luna llena), es fácil de entender; si vamos a los solsticios, en el de invierno triunfa la oscuridad y en el de verano triunfa la luz. Pero nadie vence, somos luz y oscuridad, todo es luz y oscuridad.
La famosa frase de Aristóteles: “Conócete a ti mismo”, repetida hasta la saciedad, no habla de acéptate a ti mismo. En el zen se dice que contemplar es hacerse íntimo con uno mismo y hacerse íntimo con uno mismo es olvidarse de uno mismo hasta que las costumbres del karma caigan, tampoco habla de aceptar nada. Será la solución observar, observarnos a nosotros mismos, nuestras reacciones, nuestros pensamientos, nuestros deseos sin intentar comprenderlos.
Pero si decidimos observar ya estamos implicándonos en lo que observamos, si decidimos no analizar ya estamos analizando lo que observamos. Los taoístas hablan del Wu Wei, traducido por no hacer, si no hacemos también estamos haciendo algo, decidiendo algo, y ¿si sólo pudiera traducir esa expresión el que la experimenta y si experimentándola no se pudiera comunicar? ¿Cómo puede comprender la mente individual a la mente colectiva?
Cada opinión, cada juicio de valor, cada pasión nos aleja del despertar pero todo lo que hacemos por encontrarlo también. Abre tu cuerpo, abre tu mente y abre tu espíritu, deja que las barreras entre el interior y el exterior caigan, vive la vida con su luz y su oscuridad y no te esfuerces en buscar lo que ya reside en ti.

“En mi vejez sólo aspiro a la quietud.
Nada del mundo me ha de interesar.
Lo único que quiero hacer
es volver al bosque de mi antiguo hogar.

La brisa que suspira en el pinar
agita mi traje desabrochado.
Al claro de la luna de los cerros,
taño mi laúd reposado.

Me preguntas por qué estoy tan despreocupado.
¡Ven a escuchar la canción de los pescadores río adentro!
En ella vibra mi corazón.
Wang Wei. S. VIII d. c.
Poemas de Tang. Edad de oro de la poesía china. Catedra. 1992