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Copyright Francisco José Del Río Sánchez 2008

jueves, 13 de julio de 2017

El viejo de la montaña. La otoñada y el amanecer de un nuevo día. 3ª parte

Si no has leído las primeras partes del relato puedes hacerlo aquí: El viejo de la montaña. La Llegada. 1ª parte.

La otoñada

Bajar a por el envío fue bastante agotador pero tuvo su premio, su padre había incluido unas chocolatinas y unas galletas, sus preferidas, que devoró con fruición. El anciano la contempló sonriendo; además una carta de su madre la hizo llorar un poco.
Para el anciano su mejor regalo era el pan que recibía en cada entrega, además de la verdura y fruta fresca, esos días de dieta fresca notaba su cuerpo con más energía; pero su debilidad era el pan, le encantaba el pan y mientras la chica leía la carta le dio un pellizco al pan que masticó con deleite.
Aunque la mayor parte del peso la llevaba el anciano la vuelta a la cueva fue agotadora para la chica; llegaron ya de noche y por primera vez sintió miedo desde que estaba en la montaña, al entrar en la cueva se tumbó sobre sus mantas y se quedó dormida, el anciano después de cenar la tapó bien y antes de acostarse observó un rato las estrellas danzando en la bóveda celeste, se sonrió pensando que la chica no se había acordado de tocarse; entró adentro y echó más leña al fuego, se aproximaba una borrasca.
Llovía sin cesar, día tras otro, el agua chorreaba formando una cortina a la puerta de la cueva; a pesar del fuego siempre encendido, la humedad lo inundaba todo. Lo peor, las horas sin hacer nada. El anciano se pasaba el día meditando frente a la pared y cocinando, la chica se distraía mirando el agua caer, observando las diferentes formas que tomaba la cortina de agua de la entrada dependiendo de la intensidad de la lluvia.
“Aquí también tenemos tele” le dijo el anciano acercándose a ella, sorprendiéndola ensimismada observando la lluvia. Jodido viejo se dijo a sí misma. Observar el agua la relajaba, era como si se lavara por dentro; apenas recordaba su vida anterior, solo por las noches su mente vagaba a sus recuerdos, se le humedecían los ojos sin entender por qué habían pasado tantas cosas; echaba de menos a su madre.
Después de varios días una mañana mientras desayunaban le dijo al anciano: “Quiero que me enseñes a meditar”; pronunció la frase de improviso, casi sorprendiéndose, y por un momento se arrepintió de lo que había dicho.
Al rato el anciano le puso un tronco para que se sentara delante de la pared, colocó una manta sobre él para hacerlo más cómodo; le cruzo las piernas en semiloto, con los pies sobre las pantorrillas; aunque no estaba acostumbrada se sorprendió de conservar tanta flexibilidad. Recordó cuando siendo una niña su padre meditaba con las piernas así y ella se sentaba a su lado imitándolo durante breves minutos; unas lágrimas brotaron de sus ojos.
El anciano le empujo levemente las caderas hacia adelante y le enderezó la espalda para que la columna tomara su arco natural. Le metió un poco la barbilla hacía dentro para que estirará la nuca y su rostro estuviera paralelo a la pared. Por último unió sus manos sobre su regazo, justo por debajo del ombligo, con los dedos unos sobre otros y los pulgares unidos formando un ovalo con las manos.
El anciano se sentó junto a ella. “Mira ligeramente hacia abajo con los ojos semicerrados… Cuida de mantener la espalda y la nuca recta… Observa tu respiración…Obsérvalo todo… Incluso tus pensamientos… Déjalos pasar, como el cielo deja pasar las nubes… Respira con naturalidad.”
Después de unos 20 minutos que a ella le parecieron una eternidad, se incorporó diciendo, “Esto es insoportable viejo”. Se sentó junto a la puerta observando la lluvia, el sonido rítmico de la lluvia la embelesaba.
Por la tarde miró al anciano meditando frente a la pared, después de un tiempo de duda se sentó junto a él, intentó no sin cierta dificultad recordar la postura que le enseñara por la mañana. El anciano no se inmutaba, sólo se escuchaba su tenue respiración apenas perceptible bajo el sonido de la lluvia. Tras varios intentos consiguió encontrar la postura, se concentró en su respiración, pero su mente era un hervidero de pensamientos, al rato empezó a sentir dolor en la cabeza. Esto no marcha bien se dijo, intentaba observar sus pensamientos, dejarlos pasar imaginando que eran nubes, pero a cada momento se sorprendía enganchada a algún pensamiento, a algún recuerdo. Se vio envuelta en una lucha constante con su mente, cada vez se sentía más incómoda.
“No merece la pena luchar” se sobresaltó con la voz del anciano que resonó en toda la cueva. Lo miró, permanecía inmutable como una roca, sin moverse ni pestañear. Intentó no luchar consigo misma, al rato se volvió a levantar.
Al día siguiente no llovía, el anciano de pie junto a ella, la observaba dormida, estaba muy delgada con el pelo estropeado lleno de nudos; no era un lugar para tener el pelo largo se dijo el anciano. Todavía no había amanecido, cuando una vez preparado el desayuno, la zarandeo para despertarla. “Tenemos mucho trabajo, hay que aprovechar el buen tiempo para acarrear leña y recoger los frutos del otoño.”
Maldito viejo se dijo la chica mientras se incorporaba.
Fueron días agotadores porteando leña a la cueva para que se mantuviera seca, apenas quedaba hueco para ellos dentro; pero recoger frutos le gustaba, el anciano le enseñó a subir a los árboles para zarandear las ramas y poder recoger los frutos sin la humedad del suelo que los terminaba estropeando. Le recordaba a su infancia cuando iban al campo y siempre intentaba subir a algún árbol para terminar su padre poniéndola en sus hombros para que pudiera subirse. Por primera vez en años lo echó de menos.
Pasó una semana en la que apenas tuvieron tiempo de pensar ni hablar otra cosa que no fuera recoger leña y frutos. El anciano la observaba, ya no necesitaba de sus consejos ni avisos para caminar por la montaña, la chica empezaba a hacerse íntima con ella, pronto podría caminar sola por ella. Su rostro áspero y contraído que traía a su llegada se había relajado y suavizado, incluso la había visto sonreír, aunque ella se lo ocultara, cuando se sorprendía con algún animalillo en el bosque o alguna rara flor de otoño.



El amanecer de un nuevo día

“Mañana nos levantaremos de madrugada… tenemos que ir a un sitio.”
“¿A dónde viejo? ¿Qué es eso tan importante para que no me dejes dormir?” dijo la chica con evidente disgusto, levantándose de la mesa para fregar los platos y cacharros en la acequia.
Hacía frio fuera y las manos le dolían con intensidad. Volvió corriendo al calor de la cueva, extendiendo sus manos junto al fuego para que cesara el dolor. Estoy agotada y ahora al viejecito se le ocurre una sorpresita, ¡Que cabrón es!, se dijo.
Le pareció que llevaba solo unas pocas horas durmiendo cuando el anciano la despertó. Se levantó insultando para sus adentros y todavía no había terminado de despertarse cuando el anciano le puso un plato humeante delante. “Come que necesitas energía para la caminata”. Con esfuerzo trago casi sin distinguir lo que comía.
Cuando empezaron a caminar era noche cerrada, un inmenso cielo estrellado cubría sus cabezas; el frio era intenso, le dolían las manos y apenas podía seguir el ritmo de ascenso del anciano a través del bosque. Por suerte el vertiginoso ascenso intentando no perder el rastro del anciano calentó su cuerpo; cesó el dolor de las manos.
Abandonaron la bóveda arbórea a la vez que la pendiente se hacía vertiginosa, respiraba agitadamente, cada vez le costaba más trabajo seguir al anciano, apenas visible en la oscuridad de la noche metros más adelante. Le grito sin obtener respuesta; ¡maldito viejo!, se apresuró para no perderlo.
Pasaron horas que se le hicieron eternas, detrás de ella el horizonte comenzó a tornarse anaranjado con las primeras luces del día; pero no pudo fijarse en él, solo atinaba a no perder de vista al anciano mientras ascendían por la montaña. A veces tenía que trepar un poco ayudándose con las manos.
“Hemos llegado” el anciano le hizo señas desde un promontorio rocoso, con dificultad trepó junto a él. Era verdad, bajo ellos se extendía todo el valle que comenzaba a iluminarse bajo la luz anaranjada del amanecer. Se sorprendió por la hermosura del paisaje.
El anciano se sentó sobre una roca, haciéndole señas de que se sentara junto a él para observar la salida del Sol. Le paso el brazo sobre sus hombros, pegando su cuerpo al de ella, “Así tendrás menos frio”, ella recostó su cabeza sobre el hombro del anciano y este empezó a acariciarle el pelo.
“Pronto saldrá el sol dando paso al amanecer de un nuevo día… Igual tú puedes dar paso al amanecer de una nueva vida. Sólo depende de ti.”
La chica escuchaba esas palabras repetirse en su mente como si el eco de la montaña se hubiera instalado en su interior. El espectáculo le pareció el más bello que hubiera contemplado en su vida, el cielo se volvió naranja y los primeros rayos de sol comenzaron a despuntar en el lejano horizonte; no había indicios de ninguna señal de vida humana en todo el valle.
Sin darse cuenta se quedó dormida apoyada sobre el cuerpo del anciano, este se sonrió y la apretó con fuerza para protegerla del frio de la mañana.
El anciano la despertó cuando el sol ya le calentaba el cuerpo. Se sentía bien. Descendieron en silencio, ella muy retrasada se entretenía con cada roca, cada planta que encontraba; se interesaba por lo que le rodeaba.
Una noche, varios días después, sentada a la puerta de la cueva, mientras se tocaba los mechones de pelo corto que le había dejado el anciano al pelarla con sus toscas tijeras, escuchó el aullido como de un perro en el bosque; sobresaltada entró dentro. “¿Qué es eso viejo?” preguntó mientras un coro de aullidos se extendía por el valle.
“Eso son lobos niña, cuando yo vine no había, pero hace años aparecieron en la montaña y cada año son más, no te preocupes, me conocen saben que estoy aquí; yo no me meto con ellos y ellos no se meten conmigo, simplemente nos evitamos”, respondió el anciano con naturalidad sin dejar de preparar la cena.
La chica se sentó junto a él, presa del pánico, “Pero podrían comernos, ¿cómo vamos a dormir tranquilos?”
“No te preocupes por ellos”. Añadiendo al rato, “Solo debes de preocuparte del que camina sólo en el bosque, del que se mueve con sigilo a pesar de su enorme tamaño. A ese sí que hay que evitar, de un solo zarpazo puede matarte en el acto. Me lo he encontrado varias veces de frente y siempre me he mostrado sumiso ante él. Incluso una vez al principio me olió la cabeza, pero ya se han acostumbrado a mi olor y nos evitamos en lo posible.”
La chica comió en silencio sin poder dejar de sobresaltarse con cada aullido. Cuando se acostaron se acercó al anciano todo lo que pudo, este al rato le dio la espalda. Ella se pegó a él tiritando de miedo, al poco se atrevió a pasar la mano sobre el cuerpo del anciano abrazándolo, este sonrió cogiendo la mano de la chica y apretándola contra su pecho; empezó a calmarse.
El anciano sentía los pechos duros de la chica apretados contra su espalda y el calor de sus muslos contra sus nalgas. Le invadió otro calor diferente, sentía despertar su energía sexual, le embargó el deseo; concentrándose en él, despertó su energía sexual, tuvo una erección, la primera en años. Concentrándose en la respiración hizo circular esa energía por su cuerpo, el calor le invadía, la palma de la mano que tenía sobre la de la chica le ardía; la energía también fluía hacia ella, calmándose por completo. El anciano se durmió.
La chica mientras tanto se sorprendió del calor que desprendía el anciano, se pegó aún más, se sentía reconfortada, calmada; poco a poco se fue olvidando de los animales del bosque; su pecho se expandía al contacto con el calor que desprendía el anciano, le parecía que algo emanaba de él y la envolvía; era tan agradable que se quedó dormida intentando entender que sucedía.







Trailer de la película andaluza Entrelobos, basada en una historia real no tan lejana.



martes, 4 de julio de 2017

El viejo de la montaña. Primeros días. La Limpieza. 2ª parte

Si no has leído la primera parte del relato puedes hacerlo aquí: El viejo de la montaña. La Llegada. 1ª parte.

Los primeros días


El anciano pasaba horas frente a la pared meditando, la chica sentada en la puerta de la cueva mirando hacia el bosque, ensimismada en sus pensamientos. El resto del tiempo se arrastraba por el bosque tras el anciano recogiendo plantas comestibles e hierbas, no cruzaban palabra, se pasaban el día casi sin hablar.
El anciano se aproximó a la entrada de la cueva, la chica al verlo le escupió: “Esto es un rollo, viejo, y encima ya no tengo batería de mi móvil, aunque para lo que me sirve, no había cobertura ni en esa aldea de mierda que está yo no sé dónde. Por lo menos podía escuchar música y sentirme viva”.
Al rato el anciano le contesto: “La montaña produce música las 24 horas del día, los pájaros cantando desde el alba hasta el amanecer, de madrugada el sonido de los animales nocturnos, el zumbido del viento entre las ramas de los árboles y la canción constante de este regato de agua. Si sabes escucharlo no necesitas ese cacharro para nada”.
La comida consistía en arroz por la mañana por la tarde y por la noche acompañado de raíces, plantas, hierbas y frutos del bosque, además de conservas de verduras y fruta; cada 15 días el anciano bajaba hasta el punto de encuentro a medio día de camino para recoger el saco de arroz, las conservas, algunas verduras y fruta fresca, además de pan.
La chica estaba perdiendo peso, la comida le resultaba asquerosa; estaba muy delgada y la ropa empezaba a estarle grande, no entendía qué sentido tenía todo aquello pero hasta que no pasaran los 15 días no podría dejar un mensaje para que la recogieran 15 días después. Tenía que pasar a la fuerza un mes allí, vaya mierda.
Esa noche al acostarse echaba de menos algo, llevaba mucho tiempo sin sentir su cuerpo vibrar, sin sentir el calor de otro cuerpo, sin sentir algo dentro de ella penetrando en su interior. El deseo nacía en ella, e iba inundando su cuerpo; espero hasta que pensó que el anciano se había dormido y empezó a acariciar su cuerpo primero suavemente, después con más intensidad. El ruido de la manta moviéndose despertó al anciano que permaneció escuchando en silencio.
Pasaba la mano por sus pechos recorriendo su torso y bajando hasta la ingle siguiendo por el interior de sus muslos, empezaba a estar húmeda, se subió la camisa tocando la piel cálida y suave de sus senos, agarrando con ambas manos sus rugosos y duros pezones, apretaba las piernas mientras el placer calentaba su cuerpo; después de un rato estimulando sus pezones, con pellizcos, tirando suavemente de ellos, y abarcando con cada mano un pecho duro y juvenil, su respiración comenzó a agitarse.
Se quitó los pantalones y la ropa interior, cuando su mano apretó su sexo con fuerza, los labios exteriores estaban hinchados al igual que su clítoris, que notaba duro y erecto bajo su palma, sus flujos vaginales mojaban su entrepierna. Se restregaba con fuerza sobre su sexo gimiendo levemente. En la cueva podía escucharse el sonido de su mano resbalando sobre su sexo húmedo, pero ella solo podía pensar en seguir dejándose llevar por el deseo que la desbordaba.
El anciano recordó el calor de la juventud, ese ardor que nos hace cometer locuras, sintió como la energía sexual se despertaba en él. Se dio lo vuelta dándole la espalda a la chica y se durmió escuchando el sonido rítmico de la masturbación.
A partir de ese día todas las noches se repitió la misma situación sin que los gritos de la chica con su orgasmo llegaran a despertar al anciano.
Varios días después, una mañana el anciano le dijo de pronto: “Estás sucia, te tocas todas las noches, necesitas limpiarte”.

“Que quieres que hagas viejo, si solo tengo el dedo. Algo tendré que hacer. ¡Qué mierda!” le respondió la chica alejándose soltando palabrotas.

Las primeras semanas

El otoño se acercaba, el frio era intenso por las noches, pero por el día todavía el sol calentaba, el viejo había delegado en la chica la tarea de mantener el fuego siempre encendido, eso la distraía un poco más. Por las noches tenían que aportar bastante leña para mantener el calor de la cueva, aunque a ella el calor no se le pasaba a pesar de que todas las noches tenía la misma rutina.
Se aseaban en la pequeña acequia a turnos al sol del mediodía que hacía más llevadero el lavarse con el agua helada. Los primeros días la chica se había metido en la cueva mientras el anciano se lavaba pero sentía curiosidad y termino asomándose para ver al anciano, al rato volvió a la cueva con repugnancia, si durante meses ese era el único hombre que iba a tener a su lado menudo plan. El cuerpo del anciano plagado de arrugas no almacenaba ni un gramo de grasa mostrando un torso y unos miembros en los que huesos, músculos y venas se marcaban con claridad, tan solo la carne arrugada de los glúteos colgaba por efecto de la gravedad.
Se preguntaba que estarían haciendo en la ciudad sus amigas, echaba de menos la tele, internet, el móvil, los días se le hacían eternos y la misma rutina se repetía día tras día, recorrer el bosque, recoger plantas y frutos y el silencio del viejo, que tío más aburrido se decía. Cada vez le costaba menos seguir su ritmo por la montaña pero seguía absorta en sus pensamientos, en su imaginario mundo interior, sin llegar a conectar con lo que la rodeaba, se pasaba las horas ensimismada en sus pensamientos mientras el anciano meditaba o preparaba la comida. Una tarde mientras observaban la cumbre de la montaña entre la bóveda del bosque le dijo el anciano que una mañana subirían a contemplar el sol naciente. Ella le escucho sin decir nada pensando en que quien quería ver nacer el sol; no podía llevarla al MacDonalds eso sí que era algo que merecía la pena.

La limpieza

Una mañana el anciano la mando al despertar a recoger leña para el fuego, cuando volvió cargada de leña, maldiciendo por los arañones que tenía en las manos y en los brazos; se encontró junto al fuego un barreño de madera y al anciano calentando agua en el puchero más grande.
“Ha llegado la hora de limpiarte, cuando tenga suficiente agua te bañaré aquí”.
“Estoy limpia viejo, me lavo todos los días como tú. ¿Dónde tenías ese barreño?”.
“Ahí con las mantas” respondió el anciano. “No puedo creer que lleve tantos días lavándome en esa agua helada y tu tengas un barreño para bañarte. Viejo cabrón. Y encima calentando agua caliente”.
“Después de desayunar sal fuera y no vuelvas a entrar hasta que te avise”.
Al mediodía la chica tenía calor con el sol de la mañana, de la cueva salía un olor a vapor y a hierbas, se deleitaba pensando en el agua caliente. El viejo salía cada cierto tiempo y la hacía dar numerosos viajes con el puchero a la acequia.
Se estaba quedando dormida cuando la llamó. Toda la cueva estaba llena de vapor, el anciano había colocado una manta tapando una parte de la abertura de la cueva para que no se fuera el vapor, parecía una sauna. “Está manta la uso en invierno cuando nieva y por las noches para que no se vaya el calor del fuego” le dijo a modo de explicación.
“Desnúdate que voy a limpiarte” le dijo el anciano sin la más mínima expresión en su rostro.
“Estás loco viejo, que ya soy mayorcita y se bañarme sola”. Vociferó la chica.
“Voy a limpiarte de esa energía enfermiza que te hace tocarte todas las noches… y recuerda que tengo 80 años”.
“Vaya mierda viejo, no podía ser tan bonito ya sabía yo que alguna jodida tenía que tener esto. ¿Qué pasa que llevas muchos años sin ver unas tetas y un culo, pues nada disfruta del espectáculo”, mientras empezó a quitarse la ropa. “A ver quién se la machaca esta noche.”
Se introdujo en el barreño tapándose los pechos con una mano, se sentó dentro y se dejó inundar por el enorme placer del agua cálida, respirando los vapores aromáticos que despedían las hierbas que flotaban en ella; no era muy amplio pero podía estar sentada con las piernas recogidas. El anciano puso sus manos sobre su cabeza, de vez en cuando presionaba con las yemas de los dedos en zonas concretas de su cráneo. Cada vez se sentía más relajada, cerró los ojos y se dejó llevar.
El anciano le echó agua caliente con un cazo sobre los hombros, la cabeza, mojándola por completo, se sentía en la gloria por fin algo que merecía la pena después de tantos días. El tiempo se le hizo eterno.
“Es hora de lavarte bien”, el anciano empezó a refregarle como unos líquenes con fuerza por la cabeza. “Me haces daño viejo que eso araña”.
“Cierra los ojos y déjame hacer que es necesario” le replico el anciano. Se había acabado lo bueno se dijo ella.
El anciano le raspaba la piel con fuerza bajando por el cuello, los hombros, la espalda. No bajo la intensidad al pasar al pecho, “Ay que me duele” dijo ella mientras el anciano le restregaba las tetas.
“Ponte de pie que necesito seguir”, no había ninguna emoción en las palabras del anciano, concentrado en su trabajo no prestó atención a la belleza del cuerpo de la chica cuando se puso de pie frente a él. Su sexo situado frente a la cara del anciano con su pubis poblado de bello moreno. Prosiguió refregando sus caderas, las piernas, los pies.
“Abre las piernas”, cuando lo hizo le restregó con fuerza en la entrepierna desde el pubis hasta el ano, la chica no pudo evitar gritar “Ya está bien que me desollas”. Y se sentó en el agua. El anciano cogió un jabón y un trapo y le lavó todo el cuerpo. Era aceitoso pues le dejó todo el cuerpo lubricado, se sentía más ligera; ya no le importunaba su desnudez ante el anciano.
“Túmbate sobre la manta frente al fuego que voy a darte un masaje” le indicó el anciano.
La chica salió con pereza del agua templada tumbándose mojada sobre la manta ante el fuego. Por pudor se colocó boca abajo. La silueta de su cuerpo mojado parecía resplandecer con las llamas del fuego, que el anciano avivaba. Este empezó a masajearle la cabeza, era como si quisiera tocar cada hueso de la misma, movilizarlo, hacerlo sentir vivo, siguió con el cuello movilizando cada una de las cervicales, la chica empezó a sentir una sensación de ligereza que nacía en su cuello y comenzaba a extenderse por su cabeza y su espalda. Estiró los brazos que tenía encogidos bajo el pecho, comenzaba a sentirse cada vez mejor, confiada, relajada. El anciano proseguía minuciosamente moviéndole levemente los huesos de los hombros, los omoplatos, las costillas; cuidadosamente fue estimulando una a una cada vertebra, hasta el coxis que movió de adentro hacia afuera. Las tensiones de su espalda parecía que se habían esfumado, separó las piernas a la vez que el anciano tocaba los huesos de su cadera, era como si sintiera la necesidad de abrirse, de expandirse. Después de las piernas, sintió gran placer mientras el anciano le movilizaba y acariciaba los huesecillos de los pies, no quedo ninguno sin estimular.
A continuación comenzó a tirarle de la piel de los pies ascendiendo por detrás de las piernas, algunas zonas permitían que la piel se estirara mientras otras no se estiraban apenas produciéndole las manipulaciones del anciano pequeños dolores propios de pellizcos. La piel de los glúteos se estiraba con facilidad, le gustaba aquello, que bien se sentía. La espalda también permitía estirar varios centímetros la piel, no pudo evitar un escalofrío cuando el anciano le estiraba la piel del cuello, la cabeza incluso detrás de las orejas, sentía como se estimulaban sus zonas erógenas, abrió un poco más las piernas y los brazos era como si su cuerpo se expandiera, una sensación muy agradable la inundaba como si le hubieran quitado una capa vieja sobre su piel, comenzó a emitir leves gemidos, su sexo empezó a humedecerse y el deseo a inundarla. El anciano siguió con los brazos y las manos repitiendo la misma operación, mover todos los huesos y después estirar la piel.
Se levantó a tomar un poco de agua y sin apenas mirar el cuerpo de la chica le dijo que se diera la vuelta; ella perezosa se puso lentamente boca arriba con sus brazos y sus piernas abiertas, el anciano se situó entre sus pies estimulándole las pantorrillas, siguiendo con los huesos de la rodilla, girándole las rotulas. Estaba tan concentrado en lo que hacía que, mientras intentaba mover el pubis de la chica, no fijó la mirada en su sexo abierto y brillante, empapado en flujos vaginales.
El tiempo pasaba para ambos como si no hubiera otra cosa y la luz de la tarde alumbraba la entrada de la cueva, el día avanzaba sin que ninguno de los dos se diera cuenta. Con extremada delicadeza el anciano movía las costillas de la chica bajo sus senos e incluso el esternón. Después de las clavículas, la manipulación continuó por las mandíbulas, relajando la cara de la chica, a través de la piel el anciano estimulo la raíz de cada hueso, siguió con los pómulos, la nariz y la frente.
Se dispuso a estirar la piel de las piernas, pantorrillas y muslos; al estirar la cara interna de los muslos la chica abrió las piernas por completo aunque el anciano no se distrajo de su trabajo a pesar de que el vello púbico le rozaba los dedos; los gemidos de la chica se hicieron evidente, el placer y el deseo eran cada vez más fuertes; pero a su vez una gran sensación de libertad y amplitud la inundaban. Dejando para después el brillante sexo húmedo e hinchado, el anciano estiro la piel del pubis con cuidado de no tirar de los pelos; la piel del vientre se estiraba sin dificultad, cuando llego al pecho esta se estiraba fácilmente sobre todo los endurecidos pezones que pudo estirar varios centímetros. En la zona del cuello la chica volvió a sentir un nuevo escalofrío que la hizo cerrar las piernas gimiendo sonoramente. El anciano sin inmutarse continuó estirando la piel de la cara. Que placer sentir como la piel se distendía en su cara, se sentía tan ligera y era como si su cuerpo ocupara mucho mayor espacio del que realmente ocupaba, como si hubiera crecido de tamaño en todas direcciones, se sentía muy a gusto. No recordaba la última vez que se había sentido así.
Cuando terminó de estirar toda la piel de la cara el anciano avivó el fuego pues empezaba a sentirse frio en el interior de la cueva. Se lavó las manos y sentándose junto a las caderas de la chica le abrió las piernas, esta las abrió completamente sin poder refrenar el deseo. El anciano empezó a tomar con sus dedos los labios de la vagina estirándolos al máximo, era como si su sexo se abriera hasta límites insospechados; la sensación de apertura inundaba todo su cuerpo, sus gemidos llenaban la cueva y su clítoris crecía endureciéndose un poco más. Con suma delicadeza el anciano le estiro levemente los labios interiores y la parte externa del clítoris, la chica emitió un gritito.
El anciano se levantó, se lavó las manos y después de tapar a la chica con una manta se dispuso a vaciar el barreño con el mismo puchero que había servido para llenarlo. Afuera hacia frío y el atardecer lo inundaba todo. La chica se había encogido bajo la manta disfrutando de las sensaciones de su cuerpo.
Cuando termino de vaciar el barreño el anciano se sentó a contemplar las primeras estrellas que aparecían. Al rato apareció la chica junto a él, envolvía su cuerpo desnudo con la manta. “Viejo podías haberme hecho algo ya que me habías puesto a cien” le recriminó mientras intentaba no pincharse sus pies desnudos con las piedras del suelo.
“Cuando te lo merezcas” le contesto el anciano sin mirarla.
“Qué asco. Que creerás que yo tengo ganas de un viejo de mierda” vomitó la chica entrando en el interior.
Buscó su ropa pues hacía frio. Observó su ropa, la que había llevado hasta ahora, esa ropa de ciudad tan poco útil donde estaba. Rebuscó en el petate que le había traído su padre; “Ropa más adecuada para el lugar donde iba” dijo él. La tosca ropa de trabajo le rozaba la piel, no era agradable al tacto pero parecía más adecuada para la estancia en aquel lugar.
El anciano entró una vez se hubo vestido y se puso a preparar algo de comer. “Mañana bajaremos por el envió, come y descansa porque me ayudarás a subir las cosas”. La chica mientras comía en silencio notaba como el cansancio se iba apoderando de ella, los ojos se le cerraban. Se acostó rápidamente y mientras se quedaba dormida al calor del fuego ya no recordaba que hasta esa mañana pensaba dejar una nota para que la recogieran.







sábado, 1 de julio de 2017

¿Realmente la vida es tan complicada?

Nos llevamos todo el tiempo cuestionándonos por qué la vida nos resulta tan complicada sin llegar a plantearnos por qué debería ser de otra manera...
¿Quién nos hizo creer que tenía que ser fácil? ¿o quizás es que llamamos fácil a que la vida sea como nosotros creemos que tiene que ser?






viernes, 30 de junio de 2017

Entre dos tierras

Llevo toda la semana escuchando obsesivamente una y otra vez está canción de héroes del silencio, ¿me tendrá algo que decir?
Aquí un extracto de su letra:
Déjame, que yo no tengo la culpa de verte caer,
si yo no tengo la culpa de ver que...
entre dos tierras estás
y no dejas aire que respirar...
Y si no piensas echar atrás
tienes mucho barro que tragar...








Revolución de Amor

El estruendo del agua desbordando la compuerta abierta del estero todavía me acompaña, después de haber estado sentado observando como el agua intentaba liberarse y escapar hacía el cercano mar, llenando de fiera espuma el curso del caño en marea baja.
Mientras camino sin saber por qué sueño con una revolución de Amor, ¿cómo sería?
Pienso en las revoluciones violentas ocurridas a lo largo de la historia, cómo en todas terminaron muriendo derrotadas por la reacción o ahogadas en su propio éxito. Una revolución de Amor no puede ser violenta, creo que eso está claro, ni siquiera impuesta a los que no crean en ella…
Pienso en poner la otra mejilla y siento desagrado, pienso en el movimiento hippie, en las comunas aisladas, los guetos para elegidos y no me convence; pienso en el buenismo de los que antes llamábamos flowers powers continuado en la actualidad por tantos en el mundillo espiritual, y lo veo como una errónea falsedad. Pienso en la revolución de los afectos, en el poliamor, creo en él, pero su efecto se reduce a las relaciones interpersonales, como si eso fuera poco; el Amor es algo más.
Reflexiono y me doy cuenta que conforme pienso me voy alejando del amor, pero pensar es natural. Observo la reciente luna creciente, apenas un arco esperando una flecha para impulsar, ¿será la del Amor?
Ninguna revolución puede prosperar dentro del sistema, no se puede cambiar el sistema desde dentro, este sistema social corrupto, explotador y patriarcal, un ejemplo actual es la extensión de Gaypitalismo, a raíz del reconocimiento legal y social de la realidad homosexual.
Si el amor está lejos de la violencia y de la imposición, y el aislamiento voluntario en guetos no deja de ser una salida egoísta, esa revolución de Amor tendría que ser abrazada de forma voluntaria sin imposición a los demás… pero también sin permitir la intromisión de los contrarios a ella, ni oprimir ni dejarnos oprimir, quizás el amor propio pudiera ser esa puerta.
En ese caso sólo podría surgir una auténtica revolución de Amor extendiendo la capacidad de amarse a una misma, expandiendo una ola de amor propio que desbaratara nuestras neuróticas tendencias autodestructivas.
No lo sé, quizás sólo sea un sueño…

Serlibre y amar es el camino a la plenitud, ¿libres de nosotras mismas y amándonos a nosotras mismas?











lunes, 26 de junio de 2017

El viejo de la montaña. La llegada, 1ª parte

Desde la cueva se divisaba la amplitud salvaje del valle, tapizado de un impenetrable bosque; una senda apenas marcada serpenteaba por la ladera hasta ese antiguo refugio estival de cazadores. Hacía muchos años que no se usaba, cuando decidió fijar su residencia en este balcón a la naturaleza salvaje a un día de camino de la aldea más cercana. La soledad y la montaña eran sus compañeras y sus maestras; dominando la cueva como reina de la montaña, una mole pétrea de más de tres mil metros de altitud le contemplaba hace ya decenas de años.

La llegada

El anciano estaba con las piernas cruzadas en la posición de loto meditando frente a la pared de su cueva, junto al fuego siempre encendido. Concentrado como estaba no se percató, o quizás sí, de la presencia de dos personas en la entrada de la cueva.
“Hola tío”, las palabras retumbaron sonoramente en su interior. El anciano no se inmuto. El hombre de mediana edad sin atreverse a entrar grito: “Tío, estoy aquí, he venido.”
La chica que lo acompañaba con cara de fastidio murmuro: “El viejo está sordo” e hizo ademán de entrar; su padre le agarró firmemente del brazo y le hizo entender que tenían que esperar su permiso.
Varios minutos después el anciano empezó a moverse, se levantó moviéndose torpemente con sus entumecidas piernas por la meditación; y deslumbrado por la luz del atardecer veraniego se acercó a la entrada.
Esperaron en silencio.
“Hola sobrino, ¡Cuánto tiempo!, han pasado muchos años, has envejecido mucho” exclamo el anciano con una amplia sonrisa.
Un poco avergonzado contesto: “Es verdad tío, han pasado muchos años desde la última vez… más de 15. No he podido volver a venir”, la última frase se debilitaba mientras la pronunciaba sabiendo lo inútil de esa excusa.
“Claro sobrino, claro… Es muy difícil abandonar las comodidades de la vida urbana. La familia, el trabajo, una buena cama…” dijo el anciano sin abandonar su amplia sonrisa. “¡Has venido con compañía!, interesante”.
El hombre estaba cada vez más incómodo, no sabía cómo abordar el tema que le había traído hasta allí. Mientras, el anciano comenzaba a despejar una zona de la cueva ante el fuego; la temperatura adentro era agradable, ni frio ni calor, en la puerta se notaba el frio de la cercanía de la noche del final del verano.
“Tío necesito hablar contigo a solas un momento”, era un ruego más que una petición.
El anciano se acercó a él con rostro severo “Sabes que no me gustan los secretos, lo que tengas que decirme, dímelo ahora.”
El hombre trago saliva unos instantes, “Esta es mi hija, tiene 19 años, necesito que pase un tiempo contigo… ha tenido problemas”. La chica golpeaba el suelo con evidente disgusto, tenía el pelo moreno largo, alta, le sacaba la cabeza al anciano, había salido a su padre.
El anciano volvió a sus tareas, organizar una cama en el suelo, poner un caldero grande con agua al fuego. “Entrar que ya se acerca la noche y comienza a hacer frio.”
El padre tomó del brazo a la chica haciéndole entrar en la cueva, se sentaron en unos tocones de madera que había acercado el anciano al fuego. La chica no podía disimular su disgusto. Observo la cueva en silencio, su techo ennegrecido por el humo de años, estanterías en un lateral con alimentos, tarros con plantas, utensilios diversos. Que de porquerías se dijo a sí misma. Había una mesa tosca de madera y cajones grandes todo hecho a mano. A pesar de todo no daba impresión de suciedad o abandono pero era un sitio horrible para vivir.
Salió de golpe de sus pensamientos, cuando se dio cuenta que tenía la cara sonriente del anciano frente a la suya, dando un respingo.
“Así que está es tu hija, ha crecido mucho desde la última vez que la vi en fotos, se ha convertido en una mujer muy hermosa… No debiste dejar de venir sobrino, he echado de menos esas semanas que pasabas en verano conmigo… pero seguro que tú las has echado más de menos que yo”.
“Ya lo sé tío, pero la vida ha cambiado mucho en estos últimos 50 años que ha pasado usted en la montaña… la verdad es que no pensaba que volvería a verlo con vida.” Estaba incomodo por lo que acababa de decir y por lo que tenía que seguir diciéndole. “Necesito su ayuda, que ayude a mi hija a desbloquear su vida y yo sé que una temporada con usted en la montaña la ayudará.” La chica lo miro sin poder disimular su odio.
“Lo sé sobrino, lo sé; y te estoy agradecido por haber continuado preocupándote durante todos estos años para que el envío llegará cada 15 días, continuando la labor de tu padre; y gestionando mi patrimonio para sufragar los costes. Pero eso no es el tema.” Dejando lo que estaba cocinando al fuego se acercó a la chica. “Dime niña, ¿Quieres quedarte con este viejo?”
Con desagrado la chica respondió. “No soy una niña.”
“Tío tiene que ayudarme, los problemas que ha tenido son serios, ha estado todo el verano en un centro de desintoxicación.” Dijo el hombre con evidente angustia.
“Problemas, problemas” repitió el anciano, “Siempre problemas”, volvió a cocinar. “¿Qué problemas tiene?, dime sobrino.”
“Drogas y sexo, tío” las palabras se le atascaban en la garganta y sentía como le dolía el pecho, no entendía que había hecho mal para que su hija se portara de esa manera.
“Bueno vamos a comer, después os conviene acostaros… después del día de marcha por la montaña estaréis agotados.”
“Bueno tío hemos subido a lomos de mulas hasta el punto de encuentro, si no ella no hubiera llegado hasta aquí… y yo tampoco. Nos esperan en la cabaña para volver mañana”. Dejó de hablar pues todavía no sabía la respuesta de su tío, no sabía si volvería solo o acompañado, lo que hacía aumentar su angustia por toda la situación, le costaba un poco respirar.
“Sobrino tienes que cuidarte más… hacer más ejercicio…”, el anciano se levantó poniendo la olla en la mesa, les indicó que se sentarán acercándoles unos precarios cubiertos. La chica apenas comió, su padre dio buena cuenta del guiso de arroz con raíces y hierbas.
“Ven sobrino, tengo una novedad desde que tu no vienes que quiero que veas”, a unos metros de la cueva una pequeña acequia circulaba con agua hasta un pequeño estanque lleno de plantas acuáticas, el anciano se puso a fregar los cacharros con tierra y agua. “Ya no tengo que caminar tanto para coger agua”. El anciano había construido cavando el solo una acequia de cientos de metros para desviar el agua del arroyo hasta la puerta de la cueva.
“¿Dejarás que se quede?” le pregunto angustiado su sobrino sin poder caer en la cuenta del trabajo de meses que suponía construir aquello para un hombre solo.
“Mañana será otro día, ve a descansar” le replicó el anciano sin inmutarse.
Los ronquidos del hombre atronaban en el interior de la cueva, a pesar del cansancio y de estar agotada, la chica no podía dormir, envuelta en una manta se acurrucaba en la entrada de la cueva observando el inmenso cielo estrellado de final del verano. Mientras escuchaba música con los cascos de su móvil.
El anciano se sentó junto a ella, varios minutos después le quitó los cascos para que le escuchara, “Dime niña ¿Quieres quedarte aquí?, ¿Entiendes lo que eso significa? Si lo haces tendrás que vivir como yo y atenerte a mis normas, sin caprichos, no habrá condescendencia”.
La chica lo miro, mientras le escupía estas palabras “No soy una niña, viejo” sin poder disimular su disgusto.
“Si soy un viejo, tienes razón; llevo aquí 50 años en la montaña, no sé nada de la vida moderna… pero a mis 80 años puedo dejarte atrás varias horas andando por esta montaña y sin mi estarías muerta en una semana. Tú decides si quieres quedarte”.
“No puedo viejo, mi padre me ha dicho que si no me quedó aquí, me internará en un instituto de régimen militar para chicos conflictivos… no sé qué es peor, eso o está montaña de mierda”.
“Tú decides” le dijo mientras se levantaba para entrar en la cueva y disponerse a dormir.
A la mañana siguiente el anciano al incorporarse con el alba, vio a la chica donde la había dejado con la cabeza apoyada en la piedra, se había dormido con los cascos puestos en la entrada de la cueva. Acercándose la tomó en brazos, a pesar de que pesaba más que él, con cuidado de que no se despertara, para recostarla junto al fuego pues tenía las manos heladas. Observo en silencio su hermosura, era una chica muy guapa, de piel fina con un cuerpo hermoso y proporcionado, sus curvas volverían loco a cualquier hombre. Hacía muchos años que no estaba tan cerca de una mujer, que no sentía un cuerpo femenino. Se levantó olvidando sus pensamientos disponiéndose a preparar el desayuno.
Cuando lo tuvo listo se acercó a padre e hija y con sus pies los despertó para desayunar. Lo hicieron los tres en silencio.
Mandó a su sobrino a fregar los platos, después de un rato mirando a la chica le pregunto “¿Qué decides?” ella le contesto sin mirarle con un escueto “Me quedo.”
Cuando el padre volvió a la cueva el anciano levantándose le dijo “Es hora de marchar sobrino”. Este recogió sus cosas, cuando estuvo preparado, dudando que hacer se acercó a su hija y le dio un fuerte abrazo, al principio ella se resistió pero al final se fundió con él, algo en su interior le recordaba que hace mucho tiempo quiso y adoró a su padre pero no lograba recordar como lo olvidó.
Con lágrimas en los ojos abrazó al anciano mientras le decía “Cuida de ella tío, es lo único bueno que he hecho en mi vida.”
El anciano lo acompañó un poco sin mediar palabra.








Nuestra personalidad

Todos tenemos heridas profundas en nuestro interior; heridas emocionales en el interior de nuestra mente, fruto de la herencia recibida por parte de la neurótica sociedad en la que vivimos; más otras heridas, en el interior del espíritu, que podríamos incluir dentro del concepto de karma; fruto de nuestras anteriores encarnaciones y que se ponen de manifiesto para limpiarlas o cumplimentar sus aprendizajes.
Esas heridas que conforman nuestra personalidad traumática tienen la finalidad de impulsarnos en su superación, con la finalidad de transcender nuestras tendencias autodestructivas, que nos apartan de una vida plena. También es verdad que, mientras estamos sujetos a nuestros condicionantes traumáticos, por tanto encadenados al sufrimiento, es difícil valorar y aceptar que nuestras heridas a sanar son el camino de nuestra propia transcendencia.
No voy a decir que el bebé nace con el único impulso de amar y ser feliz, pues ya ha adquirido por ósmosis emocional las neurosis de la madre durante su gestación; si se ha gestado en un mal útero, como decimos en terapia regresiva, la angustia puede estar ya anclada en él; eso unido al trauma del nacimiento, donde se marcan todas las características traumáticas de origen kármico que después se afianzaran durante la infancia. El espíritu, al escoger un feto en el que encarnarse, y decidir voluntariamente las pruebas y aprendizajes que desarrollara en esa existencia, si está anidado por ese impulso de búsqueda de la felicidad; que (aunque después a lo largo de su gestación e infancia irá siendo tapado por múltiples capas de personalidad traumática) permanecerá en lo más hondo de nuestro ser como una búsqueda anhelante de amor y felicidad. Búsqueda que como resultado de nuestras tendencias egoicas confundiremos con la posesión, el deseo, el dinero, el poder, la fama, el sexo, etc.

Dicen: doblega tu voluntad, destruye tu ego.
Si perdemos nuestras manos, ¿Cómo haremos la voluntad del cielo?
Conócete a ti mismo, repiten sin cesar. Pero ¿quién se atreve a mirarse de verdad frente al espejo?
Como ya dije una vez, tengo los 7 pecados capitales… y mis virtudes son infinitas. ¿Te atreves a reconocértelas a ti misma?

Todos esos patrones traumáticos de nuestra personalidad que conforman nuestro ego, palabra que no deja de ser un concepto mental creado por Freud en el siglo xix; por lo que, como muy bien dicen los budistas, no tiene sustancia. Se traducen a nivel energético en bloqueos o zonas de energía oscura en nuestro cuerpo astral. Por eso hablo tanto de limpiar nuestra energía, es decir, de eliminar esos bloqueos, de sanar nuestros problemas emocionales e ir liberando esos patrones traumáticos de nuestra personalidad. Porque no olvidemos que para transcender nuestro ego, debemos antes sanarlo.
Para liberarnos de los condicionamientos traumáticos de nuestra personalidad, en primer lugar debemos ser conscientes de ellos y aceptarlos, ese es el primer paso para liberarlos. Si está anclado su origen en nuestro inconsciente por ser demasiados traumáticos, deberemos recurrir a alguna terapia que nos ayude a adentrarnos en nuestro inconsciente para liberar esos patrones inconscientes. A mí personalmente las que mejor resultado me han dado y mis preferidas son las regresiones, el Reiki y últimamente la terapia de luz; aunque sé que hay muchas otras muy válidas como la respiración holotrópica, la gestalt, sonido, etc. No descarto la validez de ninguna terapia, siempre que sirva para el momento y el nivel de conciencia de la persona que necesita ayuda. Además, la meditación no deja de ser una excelente herramienta de autoconocimiento, combinada con las regresiones, y el Reiki a mí me ha dado unos resultados espectaculares.

“El problema de los patrones inconscientes que conforman los patrones traumáticos de nuestra personalidad, es precisamente eso, que sean inconscientes...
En el momento que nos hacemos conscientes de ellos, y de su origen, empiezan a disolverse por sí mismos.
Dando paso a una personalidad más libre y a una vida más plena.”

De todas formas nuestro ego y nuestro karma no se transciende porque se anulen, sino cuando conocemos completamente todos sus vericuetos y artimañas para dominarnos, solo cuando conocemos íntimamente nuestros condicionantes podemos expresarnos en libertad.

Como muy bien dice el maestro zen Dohushô Villalba, transcendemos nuestro yo egoico-mental cuando comprendemos que somos algo más que nuestra actividad mental. En ese momento, nuestro ego pasa de esclavizarnos a ser nuestro más fiel servidor.