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Copyright Francisco José Del Río Sánchez 2008

miércoles, 26 de julio de 2017

El viejo de la montaña. La práctica, la despedida. 6ª parte

Si no has leído las primeras partes del relato puedes hacerlo aquí: El viejo de la montaña. La Llegada. 1ª parte.

La práctica

Cada vez hacía mejor tiempo, los días eran más largos y necesitaban menos tiempo para recoger leña y alimentos, pasaban mucho tiempo practicando. La chica aprendió rápido a retrasar su orgasmo y a alargarlo con la respiración, era una buena alumna. También aprendió a retrasar el orgasmo del viejo incluso presionando la corona con los músculos de su vagina; el control de los músculos vaginales le dio la posibilidad de tener a ambos, orgasmos, en posturas que permitían escaso movimiento. Cada vez podía mantener durante más tiempo su orgasmo sin verse desbordada, poco a poco sentía y movía la energía sexual a voluntad. Aprendió a llevarla donde la necesitaba y a almacenarla en su bajo vientre, en su centro energético como decía el viejo.
Le extrañaba que prácticamente llegaba al orgasmo nada más empezaba la relación sexual e incluso tuvo uno solo con la estimulación de sus senos, muy suave eso sí, pero muy placentero.
Una noche con la primavera ya avanzada, durante la cena le dijo al anciano, “Sabes viejo, al principio pensaba, que todo esto era para alargar el placer y aumentarlo, pero ahora caigo en la cuenta que eso es sólo una excusa para otra cosa… Es verdad que no sé muy bien para qué, pero me siento con mucha energía, más segura de mi misma, y con una sensación de felicidad que no había tenido nunca. Tengo la impresión de que hiciéramos una meditación sexual.”
Al terminar de comer el anciano la miró, “eso es porque tu energía se está limpiando y empieza a circular mejor. Tus centros de energía se están abriendo y tus canales permitan la circulación de la energía de tu espíritu. Esa es la felicidad que sientes. Pero la verdadera felicidad es otra cosa. Es algo que no proviene de la satisfacción ni de encontrarse bien. Sólo se puede encontrar en el equilibrio de cuerpo, mente y alma y yo ni siquiera sé lo que es eso…”
“Todavía te queda mucho por descubrir, aquí es fácil pero cuando vuelvas a tu vida, las pasiones te inundaran de nuevo y donde encontrarás alguien que no piense solo en correrse cuando folla.” El viejo se levantó dejándola intentando digerir lo que acababa de escuchar. Nubes grises se formaban en su horizonte. Esa noche no pudo dormir y la pasó meditando frente a la pared.
Unos días después el anciano le dijo que la acompañara al bosque, se acercaron a uno de los arboles más viejos del entorno; su tronco tenía un par de metros de diámetro.
“Pon tus manos sobre él”, le dijo el anciano mientras él también ponía las suyas.
“Siente su energía, deja que entre en ti”, al rato la chica sintió que sus manos se le calentaban y una enorme sensación de paz la inundaba.
“Flexiona un poca las piernas y siente la energía de la tierra, deja que circule a través tuya”. Por un momento se sintió conectada a la tierra, al árbol, a todo lo que la rodeaba.
“Muy bien igual que te conectas al árbol, te puedes conectar a cualquier persona o animal y dejar que la energía que necesita circule a través de ti desde el universo… y tú también puedes recibirla.” Disfruta de la experiencia.
Bastante tiempo después la chica quitó las manos del árbol, sonriendo miró al anciano. Este sentado sobre una raíz del árbol centenario mascaba una planta.
“Ahora vamos a hacer un ejercicio para que te cargues de tierra y dejes de volar tanto.” Sin decir más el anciano le quito el pantalón a la chica y le indicó que se sentará con la espalda apoyada contra el árbol. Se arrodilló entre sus piernas y abriéndoselas comenzó a besarle y lamerle el sexo. La chica no podía creer aquello, era la primera vez que el viejo le practicaba sexo oral, pensaba que no le gustaba.
Respiraba hondo y movilizaba la energía que se generaba en su sexo, sin necesidad de que el anciano se lo indicara; el orgasmo no tardó en llegar a pesar de todo. El anciano bajo la intensidad de su succión, a la vez que le decía que levantara los brazos y pusiera las manos sobre el árbol. Sus pechos erguidos con sus pezones endurecidos apretados contra la ropa, aumentaron su placer. Mientras gritaba sentía como la energía circulaba a través de ella, entre el árbol y la tierra, se retorcía como alguien que toca un cable desnudo de electricidad; pero ella no sentía dolor sino un enorme placer, el sexo le ardía.
El anciano sorbía ruidosamente en su sexo y toda la energía que circulaba por ella tornó a acumularse entre sus piernas, creía que su sexo iba a estallar. El orgasmo no cesaba y a ella le parecía que una bola se formaba entre sus piernas.
El anciano paró, levantándola por las caderas para girarla; penetrándola contra el árbol. “Abrázate al árbol, que voy a relajarte.” Las embestidas del viejo hacían que esa bola se moviera en su interior, empezaba a marearse. “Mueve la energía”, le grito el anciano justo antes de que empezara a correrse, gritaba más que otras veces; eso llamó la atención de la chica que se puso a circular la energía del orgasmo por su cuerpo.
Pasó mucho tiempo, y los dos seguían fornicando contra el árbol sin parar de correrse. El anciano a diferencia de otras veces golpeaba con más fuerza. Ambos tenían un orgasmo mezcla de dolor y placer. Los testículos de él estaban tan duros que le dolían. Ella no podía aguantarse con sus piernas y era el anciano quien la mantenía en vilo.
Necesitaba parar, se soltó del árbol, cayendo hacia adelante, el anciano soltó sus manos dejando que se precipitara contra el suelo. Se acurrucó allí gimiendo sin parar, tenía su sexo como si hubiera sido el tronco del árbol el que hubiera penetrado su vagina. El anciano se vistió y sin mediar palabra la subió a sus espaldas, para volver a la cueva. Cuando llegaron estaba dormida, la acostó arropándola con las mantas, tumbándose junto a ella. Le puso una mano sobre la coronilla y otra entre las piernas, trabajándole la energía hasta que la sintió equilibrada. Él también se durmió.



La despedida

Hacía ya calor de día; la primavera llegaba a su fin. Pronto llevaría un año allí, se preguntaba cuándo volvería su padre por ella. Sus pensamientos eran contradictorios, por una parte deseaba volver a verlos, volver a la ciudad, a tener un baño en condiciones; pero por otra parte sentía que estaba aprendiendo algo importante aunque no sabía muy bien que era.
El viejo llevaba unas semanas raro, lo veía desmejorado con mala cara; pero no creía que estuviera malo pues el sexo era cada vez más intenso; pasaban horas “practicando”, con orgasmos de media hora y más. Ella se sentía una persona diferente, el viejo le decía que estaba recuperando su luz. No sabía bien que era eso. También había empezado a decirle que ya no le necesitaba a él.
Pero lo que de verdad le preocupaba es que había empezado a acumular leña delante de la cueva, se pasaba horas porteando leñas y acumulándola sobre el suelo. Ya solo hacía eso, aparte de “practicar”. Colocaba los troncos cuidadosamente formando una plataforma, tan amplia que se podía acostar uno en ella. Cuando le pregunto qué hacía no le contestó.
Unos días después mientras comían le dijo: “Es una pira funeraria para mí.” Sin añadir nada más. No le echó cuenta.
Una noche cuando terminaron de practicar, la chica le pregunto al viejo, “Nunca me la metes por el culo que pasa que no te gusta”. El anciano la miró echándose a reír, “claro que me gusta, pero la energía que despertaría en ti te desbordaría y podría volverte loca”. Qué raro es el viejo, se dijo la chica.
Casi una semana después el anciano la importunó mientras meditaba gritando que había terminado. “Ya está lista, ven a verla”. Salió fuera con desgana a mirar la obra del anciano, tenía un metro y medio de alto, uno de ancho y casi dos metros de largo; le había llevado varias semanas construirla, que pérdida de tiempo pensó ella, querrá hacer una hoguera de San Juan.
“Muy bien, esta noche te transmitiré mi esencia”, exclamó el anciano dejándola pasmada a la puerta de la cueva, marchándose sólo por el bosque.
Volvió ya de noche, la chica había preparado algo de comer ya que tardaba tanto. “¿Dónde has estado?, Me estaba preocupando”.
“Veo que tenías hambre”, dijo el anciano mirando la comida.
Al sentarse a comer dijo: “He estado despidiéndome, hacía tiempo que no veía a mi amiga, sus cachorros están muy crecidos y son muy juguetones. Por cierto le gustó el ciervo que le subimos, no te molestará.”
Definitivamente se ha vuelto loco pensó la chica sin contestarle.
Esa noche era especial, por primera vez el anciano la besó apasionadamente mientras le acariciaba el rostro suavemente, antes de desnudarse. Era como si fueran una pareja y por primera vez no se avergonzó de follar con un viejo.
La dulzura lo impregnaba todo, los movimientos, los gestos, la penetración; no practicaron sexo oral ni se masturbaron, era como si estuvieran haciendo el amor de verdad. El anciano no le decía que respirara de esta manera ni que llevara la energía a ningún sitio. Todo era como más espontaneo y el orgasmo suave pero igual de intenso. Pronto adoptaron una postura cómoda para los dos y descansada, regocijándose en el orgasmo mutuo y continuo; el tiempo pasaba sin que les importara.
Una eternidad después, el anciano se levantó indicándole que se pusiera a gatas, “hoy penetraré tu ano… Ha llegado el día.”
La chica esperó que la ensartara por detrás, abriendo su ano con deseo. Lentamente y sin oposición se introdujo el pene en su interior, haciéndola rabiar de placer. El viejo se movía dentro de su ano gritando con cada nueva embestida.
Creyó enloquecer, nunca antes ella había sentido tanto placer, se olvidó de la respiración, de la energía, de todo. Solo atinaba a gritar: “Más fuerte”, una y otra vez.
El anciano paró. “Voy a eyacular cuando lo haga sentirás algo que no has sentido nunca, recuerda que tienes que bajar la energía.” Aunque se había parado ella seguía gritando, pues solo sentir su ano lleno de su enorme polla caliente la volvía loca; sin apenas prestarle atención le rogó que siguiera.
El anciano reanudo sus embestidas, aún más violentas, produciéndole a ella la sensación de que el pene llegaba hasta sus riñones; gritaba como loca y parecía que iba a perder el conocimiento. De pronto le pareció que el anciano estaba delante de ella, era imposible sus violentas embestidas le abrían el ano cada vez más haciéndole retorcerse de placer. Esa forma borrosa delante de ella se puso debajo, sintiendo como la abrazaba. Algo entraba en su sexo.
La barrera entre ano y vagina desapareció, un enorme pene la penetraba por completo; gritaba sin sentido y apenas podía entender que sucedía, pero algo que parecía el viejo la abrazaba, acariciándole la cabeza. Era como si el viejo entrara en ella y sus energías se fundieran.
Estaba loca pero no quería que parara aquello, un calambre recorría su columna; las embestidas aumentaron y un océano de semen inundó su ano; para ella llegó hasta su cabeza y no paraba de subir. La columna y la cabeza le ardían, pero está última parecía que iba a explotar. Se derrumbó si parar de gritar y el anciano cayó sobre ella. Recordó sus palabras.
Se concentró en hacer bajar la energía de la cabeza hacía el coxis, al principio con dificultad, después de un rato esta circulaba pero ella seguía corriéndose y gritando; arqueaba su espalda con cada movimiento de la energía, pero no podía moverse mucho pues el cuerpo del viejo estaba sobre ella con su pene alojado en su ano.
La serpiente se movía en su interior, conectando su coronilla con el cielo y su coxis con la tierra, una explosión de placer la desbordó y su interior se expandió en todas direcciones; todo dejo de tener sentido. La intensidad la hizo desmayarse perdiendo la conciencia.
Estaba en la cueva, el anciano la tomó por las manos y sonriendo le dijo: “Es hora de partir… Estás preparada… No me necesitas.” Difuminándose a continuación su figura ante ella.
“Nooooo”, su propio grito la despertó, tardó en darse cuenta que estaba desnuda tumbada en el suelo con el cuerpo del anciano sobre ella, todavía tenía su pene menguado en su ano. Menos mal se dijo.
Al tocar al anciano para librarse de su peso, dio un respingo, estaba frío. Lo apartó bruscamente, sintiendo dolor al salir bruscamente el pene de su ano. Miró al viejo con miedo. Cuanto tiempo había estado dormida.
No se atrevía a tocarlo; cuando lo hizo estaba helado y comenzaba a ponerse rígido. Asustada se alejó del cuerpo hasta el otro extremo de la cueva, se acurrucó envolviéndose por completo en una manta, no entendía, no quería entender. Luchando por no aceptar lo sucedido se durmió de nuevo.



¿Volver o no volver?

Se despertó temprano, el fuego estaba casi apagado, tiritaba de frío. Esquivando el cuerpo del anciano, avivó el fuego con unos troncos; pronto recuperó el calor del cuerpo. Se vistió, su mente estaba parada, se comportaba como un autómata; aunque tenía hambre no comió. Envuelta en la manta salió al exterior de la cueva.
El tibio sol del amanecer teñía los arboles de dorado, observó en silencio la estructura de leña que había montado el viejo durante semanas.
Pasaron varias horas antes de que el sol iluminara la pira; su mente había dejado de funcionar, su corazón no expresaba ninguna emoción, sólo un vacío insondable la inundaba; pero para darse cuenta de eso tendría que haber tenido alguna reflexión en su mente.
Entró en la cueva y arrastró el cuerpo del anciano hasta la pira, con enormes esfuerzos consiguió ponerlo arriba de la misma. Sacó varios troncos encendidos de la hoguera y los introdujo en la base de la pira.
Llevaba días sin llover y la leña estaba seca, pronto surgieron las llamas. Se sentó a observar el baile de las llamas abrazando el cuerpo del anciano.
Pasó el día observando como la leña se consumía junto al cuerpo del viejo, recreándose en como la estructura se iba viniendo abajo conforme los troncos se carbonizaban. Al atardecer se durmió de nuevo.
Cuando despertó de madrugada unas enormes ascuas ocupaban el lugar de la pira, del anciano no quedaba nada. Se acostó junto a ellas para librarse del frío intenso. Durmió hasta el mediodía.
Su estómago rugía tras un día sin comer. Entró en la cueva, el fuego era solo un rescoldo casi apagado. Tomó con un cacharro de la comida las ascuas y las echo junto a los restos de la pira. Sacó las mantas, las ropas del viejo y las arrojó sobre las ascuas. Pronto un olor a tela quemada lo inundó todo. Buscó entre sus ropas, las que traía al llegar; se cambió quitándose esas horribles ropas de trabajo. Le quedaban grandes, necesitó una cuerda para amarrarse el pantalón.
Arrojó todas sus ropas al fuego junto al resto de cosas quemables de la cueva; rebuscando encontró una libreta amarillenta y con las hojas añadas, era el diario del anciano, de sus primeros tiempos allá en la montaña. Hacía décadas que dejó de escribir. Se lo guardó entre sus ropas.
Apenas comió nada; apagó el fuego que quedaba con el agua de la acequia y ya entrada la tarde, comenzó a descender, con suerte llegaría a la cabaña del envío antes del anochecer.
Caminaba segura de sí misma; no necesitaba a nadie que le indicara el camino ni la guiara. Sabía que pasos tenía que dar a cada momento.



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